Oficios y Tradiciones



Se pretende recuperar y presentar algunos de los oficios y costumbres perdidos de la Sierra Norte de Madrid. El objetivo es la puesta en valor del patrimonio etnológico de los municipios del Valle del Lozoya, recuperando oficios perdidos, en muchos casos artesanales, que fueron importantes en la vida económica  de estos municipios. Los oficios y tradiciones son vida, son palpitar; son señas de identidad que deben ser referencia de nuestra memoria para unir el pasado con el futuro.

La majada del pastor 

ESTAS CONSTRUCCIONES SERVÍAN PARA GUARECERSE EL PASTOR Y EL GANADO.
Texto: José Antonio Vallejo - Comarca Sierra Norte
 
En Pinilla del Valle, en la década de los años cincuenta,
había entre seis y ocho rebaños de unas cuatrocientas cabezas cada uno,
muestra de la importancia que en esas fechas aún tenía el sector ganadero.
En esa época, pastor y rebaño solían pasar varios días en el monte.
Las majadas eran las construcciones donde descansaban
y se guarecían de las inclemencias del tiempo;
además de rediles para el ganado,
la majada constaba de una caseta donde dormía el pastor.
 

En nuestro país, la ganadería lanar ha sido, desde hace cientos de años, una impor­tante actividad pecuaria desarrollada en todo el medio rural. Muestra de ello son los miles de kilómetros de vías pecuarias que serví­an de paso al ganado tras-humante y que hoy en día aún se conservan.


La misión del pastor es cui­dar del rebaño, mantenerlo sano y conducirlo a los mejo­res pastos. La figura del pastor junto a su fiel e insepara­ble perro, tan arraigada en nuestra cultura tradicional, ha desaparecido prácticam­ente de nuestros montes.

En Pinilla del Valle, en la década de los años cin­cuenta, había entre seis y ocho rebaños y de unas cuatrocientas cabezas cada uno que, gracias a los ricos pastos de estos montes, no necesitaban hacer trashumancia; en más, otros rebaños de ovejas llegaban a este Valle en busca de los frescos pastos de verano.



Cuando los hijos de los pastores
tenían de doce a catorce años,
comenzaban a encargarse
de cuidar las ovejas en la paniza.
   

Si en una familia no había suficientes miembros para encargarse del rebaño o éste era muy numeroso, se solían contratar pastores, principalmente de Segovia, y en algún caso de Ávila. Cuando los hijos ya tenían de doce a catorce años, eran los encargados de cuidar las ovejas en la paniza. La paniza consistía en meter las ovejas paridas en los sembrados de centeno. Este se sembraba entre el 15 y el 30 de septiembre, y sobre el 1 de noviembre los pastores metían las ovejas para que se comiesen en centeno crecido. De esta forma, al tener que brotar de nuevo el cereal, se retrasaba su recogida evitando que las heladas de este frío valle, lo echaran a perder. 

Cuando el joven pastor cumplía los dieciséis o diecisiete años ya se encargaba del rebaño entero. En primavera el rebaño estaba completo (machos y hembras), y sólo era necesario un pastor para controlar el rebaño. En invierno se separaban los machos y las hembras, por lo que se necesitaban dos pastores.

Con el buen tiempo, se lle­vaban a las ovejas a pastar a los montes, donde abun­daba el pasto y la hoja de roble, que tanto les gusta­ba. En invierno, si la nieve no permitía salir a pastar al rebaño, quedaban encerra­das en los pajares, donde se les echaba de comer ceba­da, paja, algarrobas, ramón (hojas de fresno secas) y heno. De entre ellos, la algarroba era el mejor ali­mento, pero debido a su alto precio, solamente se utilizaba mezclado con ramón como primer alimen­to sólido para los corderos.

Mientras el pastor dormía, el ganado descansaba en el redil.


De sobra es sabido el gran conocimiento que tenían los pastores de todo tipo de problemas y enfermedades que aquejaban al ganado, utilizando numerosos reme­dios naturales que encon­traban en el campo.


 

La vida del pastor era dura y solitaria, pues muchas veces estaban solos en el monte durante varios días sin contacto con persona alguna. En este caso dormí­an en las majadas, lugares donde además de rediles para el ganado, había una caseta donde dormía el pas­tor. En este Valle las casetas solían ser de pequeño tama­ño y el tejado hecho de reta­ma y tierra, teniendo muy poca inclinación (lomo de perro) para evitar que la tie­rra se cayese. Cuando había que dejar a las ovejas ester­colando en alguna finca, el pastor se construía una cho­za móvil hecha con paja de centeno, que iba cambiando de un lugar a otro, según desplazaba el rebaño.

 

También era conocida la gran habilidad que desarro­llaron muchos pastores en sus ratos de soledad en el monte para elaborar múlti­ples utensilios que se usa­ban en la vida cotidiana. Tra­bajaban habilidosamente materiales como el cuerno, la piel, la madera, etc., con los que crearon hermosos obje­tos tales como los vasos de cuerno, colodras, instrumen­tos musicales y un sin fin de objetos más de todo tipo. 



La fragua, imprescindible en el medio rural 

LOS TALLERES TRADICIONALES HAN SIDO SUSTITUIDOS POR MODERNOS TALLERES DE FORJA.
Texto: José Antonio Vallejo - Comarca Sierra Norte

Una actividad hasta hace muy poco tiempo imprescindible en el medio rural,
la desempeñada por los herreros. El oficio de herrero tal como era antiguamente,
con su profundo conocimiento del hierro y de sus características,
con sus múltiples objetos de la vida cotidiana está desapareciendo,
dejando paso en estos tiempos modernos a talleres de forja
donde se elaboran principalmente objetos en serie
y con soldadura electrógena.

El oficio del herrero ha sido hasta hace muy poco tiempo, imprescindi­ble en el medio rural. El herrero se encargaba de la fabricación de todo tipo de herramientas y aperos agrícolas, así como de múltiples objetos utilizados en la vida cotidiana. El hierro se compraba en largas barras y se cortaba según el tamaño de la pieza a fabricar. La fragua se encendía con carbón de cambroño, o brezo mezclado con un poco de hulla, siendo importante no escatimar la canti­dad; de lo contrario la pieza a trabajar no se calentaría adecuadamente y el trabajo del hierro sería deficiente.   

 

Una vez encendida la fragua, se soplaba con el fuelle, para que el carbón prendie­se y tuviese la temperatura adecuada para introducir la pieza de hierro. Según se iba calentando iba tomando un color rojizo y posteriormente amarillento. En ese momento se sacaba y empezaba a golpear sobre el yunque con los martillos y mazos para darle la forma deseada. Cuando perdía temperatura se volvía a colocar entre los carbones ardiendo y se calentaba otra vez, siguiendo este pro­ceso hasta que la pieza quedaba ter­minada. Finalmen­te se dejaba enfriar.

Cuando se necesi­taba una herra­mienta con una dureza excepcional, como por ejemplo hachas, podones, rejas de arado, etc., se realizaba el tem­plado, que consiste en endurecer cier­tas partes del hie­rro para que que­den más resistentes. Este proceso consiste en introducir la parte que queremos endurecer en agua, cuan­do la pieza está terminada y todavía al rojo vivo. El buen saber del herrero le indicaba cuándo era el momento idóneo para introducir la pieza en agua, sacándola varias veces hasta conseguir un buen temple. La forma de conseguirlo se iba trans­mitiendo de padres a hijos, convirtiéndose en un secreto celosamente guardado.

La fragua se encendía con carbón de cambroño o brezo,
mezclado con un poco de hulla, siendo importante no escatimar la cantidad.
    

En multitud de ocasiones había que sol­dar dos piezas de hierro para obtener una de mayor tamaño, en cuyo caso se ponían a calentar las dos piezas y cuando alcan­zaban una temperatura óptima, se machacaban los dos puntos a unir a base de golpes de macho o martillo sobre el yunque. Con frecuencia, cuando el hierro salía de la fragua incandescente, goteaba "caldo" (gotas de hierro fundido); para sujetar el "caldo" y que las piezas solda­sen bien, había que echar un poco de are­na de río, lavada y de poco grosor, antes de comenzar la operación de soldado. Sin la arena era difícil soldar dos piezas.

El oficio del herrero, tal como era antiguamente,
con su profundo conocimiento del hierro y de sus características,
con los múltiples objetos de la vida cotidiana está desapareciendo. 
  

Los herreros, para el arreglo de herra­mientas agrícolas, como por ejemplo las rejas de los arados, solían tener una iguala, es decir, por cada reja el herrero cobraba media fanega de centeno y una cuartilla de trigo. Con este pago, el herrero se comprometía a aguzar y a mantener durante todo el año esta herra­mienta tan necesaria para romper la tie­rra y sembrarla. Había días en que se juntaba con ocho o diez rejas y las tenía que tener listas para el día siguiente cuando salían las yuntas a arar. Para agi­lizar el trabajo, el herrero, a la vez que introducía una de las rejas en la fragua, colocaba otra muy próxima para que fue­ra tomando temperatura y así sucesivamente. De esta forma tenía el trabajo terminado en un par de horas.

La herramienta permanecía en la fragua hasta que adquiría
la temperatura idónea para ser moldeada.

El oficio de herrero tal como era antiguamente, con su profundo conocimiento del hierro y de sus características, con sus múltiples objetos de la vida cotidiana está desapareciendo, dejando paso en estos tiempos modernos a talleres de for­ja donde se elaboran principalmente obje­tos en serie y con soldadura electrógena.


El carboneo 

LAS MANOS, EL ROSTRO Y LA ROPA SE ENNEGRECEN POR LA MANIPULACIÓN DEL CARBÓN.

Todos los meses de mayo, y desde hace siglos, los carboneros, envuelven con una tenue cortina de humo blanquecino y un característico olor los diversos lugares donde se ubican las carboneras. Estas se sitúan tanto en el interior del monte comunal denominado "El Majadal", como en otros montes cercanos y en las afueras del núcleo urbano. De un horno salen entre seis y siete toneladas de carbón vegetal.

El procedimiento empleado para la obtención de carbón vegetal sigue siendo la carbonera u horno de tierra tradicional que los carboneros han de vigilar de forma permanente a lo largo de todo el proceso, que dura entre los 30 y 35 días. Se emplea el mismo método y las mismas herramientas que antaño. El azadón, el cesto, el hacha, el holguero, la maza, la pala y el tirazo son algunas de ellas.

La poda o aclareo del monte bajo puede comenzarse desde mediados del otoño. Al ser una actividad realizada a tiempo parcial, los carboneros alternan la corta y la preparación de la leña con otras tareas agrícolas, agricultura fundamentalmente. La leña ya cortada y troceada en el interior del monte habrá de transportarse hasta el lugar donde se construirán las carboneras y en no pocas ocasiones el acarreo por el monte conlleva grandes dificultades debido a lo intrincado e impenetrable del terreno.



El montaje de los hornos suele comenzar hacia mediados de abril y continúa hasta mediados de mayo. . Las cuadrillas construyen una especie de choza a base de ramas y tierra que posteriormente recubren bien con hojas secas y tierra, bien con musgo, y que servirá para resguardarse del frío o la lluvia y asimismo, preservar alimentos y utensilios.

Se amontona la leña en vertical, con los troncos más gruesos debajo y de manera que la estructura vaya formando un cono truncado muy parecido, por cierto, a la cúpula que recubre la semilla de las quercíneas. En el centro de la carbonera se coloca un poste para facilitar la colocación de la carga, aumentando la estabilidad de la pila. Además, este poste suele ser útil para el operario, ya que se ayuda de él cuando está colocando las trozas, pues le sirve como punto de apoyo. Cuando se ha terminado de apilar la leña, el poste central es retirado. El hueco que queda funciona como chimenea y será por donde se encienda el horno. A lo largo del proceso, la boca superior se tapa y destapa para alimentar la carbonera con leña.

El montón de leña se cubre con paja de cereal en toda la estructura excepto en la base donde se colocan gavillas o ramas de encina, lugar donde irán los tiros por donde "respira" la carbonera. Posteriormente el horno es cubierto de tierra procedente del mismo entorno que, tras siglos de carboneo, ha tomado un color negro característico que delata aquellas zonas del monte donde antaño se realizaban estas prácticas. Hay que disponer una escalera, con peldaños de leña y piedras, que llegue hasta lo alto de la carbonera, para "atacarla" o "alimentarla".

Una vez encendido el interior del horno (por la entrada superior), este irá requiriendo ser alimentado con leña nueva, ya que la carbonera se va consumiendo por arriba, y se tapa nuevamente con tierra. Desde el encendido, los carboneros no pueden ausentarse más de dos horas seguidas, debido a que si la parte superior de la carbonera cediese, al haberse consumido la leña, el exceso de oxígeno provocaría la quema de la leña y no su cocimiento. Los que tienen la carbonera en las eras del pueblo pueden ir a dormir un par de horas o alternarse con un familiar. Los que están en el interior del monte deben velar y se acuestan en unas chozas desde donde vigilan el proceso.

Además, el cierre de la boca de una carbonera ardiendo, subiendo la leña por la escalera "a hombro", es extremadamente peligroso. Cuando se considera que la leña es ya carbón (algunos signos exteriores en la carbonera son indicativos), ésta se deja enfriar unos días antes de comenzar a sacarlo.    

Mediante azadas y rastrillos, se va retirando la tierra y apartando el carbón vegetal, formando un gran anillo o rosca exterior de carbón vegetal limpio. En caso de que una parte de la leña no esté carbonizada, es frecuente la formación de hornos más pequeños en el interior del círculo donde se seguirá consumiendo la leña.

La fabricación de carbón vegetal constituye un aprovechamiento forestal de carácter marginal que ha resurgido con fuerza a partir de la década de los 80. En la actualidad se puede aprovechar el valor añadido que supone la inclusión de los municipios en el futuro Parque Regional. La posible denominación de origen o etiquetado ecológico del carbón obtenido puede suponer el apoyo de un sector de población cada vez más sensible a la conservación de los modos de vida del mundo rural.